Muchas personas me preguntan cuál fue mi momento favorito en Zlarin.

Y cada vez que intento responder, descubro que no puedo.

No porque no haya vivido algo especial, sino porque fueron demasiadas las pequeñas cosas que hicieron inolvidable este lugar.

Fue el sonido de las campanas por la mañana.

Fue el silencio de las calles sin apuro.

Fue el mar cambiando de color a cada hora.

Fue encontrar apellidos conocidos en el cementerio.

Fue caminar por calles que quizás caminaron mis antepasados.

Fue entrar al Museo del Coral y descubrir que la antigua casa de la familia Beban seguía allí, transformada en memoria viva de la isla.

Fue sostener en mis manos un viejo documento familiar mientras escuchaba una historia que parecía hablar de personas desaparecidas en el tiempo, sin que nadie imaginara que algunos de sus descendientes habían llegado al otro extremo del mundo, a Ushuaia, junto a la Antártida.

Fue mirar los olivares.

Fue observar los barcos.

Fue escuchar conversaciones en una lengua que todavía estoy aprendiendo.

Fue reconocer palabras.

Fue no entender otras.

Fue sentirme extranjera y, al mismo tiempo, extrañamente en casa.

Quizás por eso no tengo un momento favorito.

Porque Zlarin no fue una fotografía.

Fue una suma de instantes.

Y cuando pienso en la isla, no recuerdo un único lugar ni una única emoción.

Recuerdo una sensación.

La sensación de que hay historias que esperan generaciones enteras para ser encontradas.

Y que algunas raíces no nos llaman para volver.

Nos llaman para comprender quiénes somos.

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