Nadie nos enseña a despedirnos.


Aprendemos a llegar, a comenzar, a construir. Pero casi nunca aprendemos a dejar partir.


Y, sin embargo, la vida parece estar hecha de pequeñas despedidas.


Se despiden las estaciones, los viajes, las etapas, las personas que fuimos y, algunas veces, también las personas que amamos.


Quizás el dolor no nazca de la partida, sino del deseo de que aquello que fue hermoso permaneciera para siempre.


Pero nada permanece.


Y tal vez ahí resida el verdadero valor de las cosas.


Porque sabemos que un atardecer termina, lo contemplamos con atención.


Porque sabemos que un abrazo no dura para siempre, lo sentimos con intensidad.


Porque sabemos que la vida es finita, aprendemos a valorar los días.


Algunas despedidas son más difíciles que otras.


Sin embargo, hay personas que, aun cuando ya no están, continúan habitando nuestras palabras, nuestros gestos y nuestros recuerdos.


Quizás despedirse no sea olvidar.
Quizás despedirse sea agradecer.
Y seguir caminando llevando un poco de esa persona con nosotros.

Tal vez la vida no nos pida aferrarnos a todo lo que amamos.Tal vez nos pida algo más difícil: agradecer que estuvo, aceptar que cambió y seguir caminando con lo que dejó en nosotros.

…¿Hay alguien que ya no está y que, sin embargo, sigue formando parte de quien sos hoy?

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