Un escritor chileno-croata radicado en Split reflexiona sobre la literatura, la vida en Dalmacia y el valor de mirar con otros ojos aquello que parece cotidiano.

A veces hace falta llegar desde lejos para descubrir la belleza de un lugar.

Quizás por eso las historias de quienes regresan a sus raíces, o deciden construir una nueva vida en otro país, suelen tener una sensibilidad especial.

Observan detalles que para otros pasan desapercibidos.

Escuchan silencios que los habitantes locales ya no perciben.

Descubren tesoros escondidos en la rutina.

Ese parece ser tambien el caso de Eduardo Morong, escritor chileno-croata que actualmente reside en Split, en el corazón de Dalmacia.

«Yo soy Eduardo Morog. Llevo tiempo desarrollando varios proyectos literarios relacionados con el origen de Croacia.

Me encanta indagar e investigar todo lo que tiene que ver con esta cultura.

Estoy enamorado de Dalmacia, que es donde vivo actualmente, en Split.

Viajo mucho por las islas de los alrededores. Me encanta descubrir esos lugares mágicos que muchas veces son conocidos solamente por los propios croatas y que no aparecen en los circuitos turísticos.

Creo que allí comienzan esas pequeñas historias que después se convierten en libros o en proyectos mucho más interesantes.

A eso me dedico: a investigar, recorrer bibliotecas, traducir textos y darles mi propio enfoque.

Actualmente también estoy desarrollando proyectos tecnológicos que mezclo con la literatura. Intento tomar elementos de la literatura clásica y transformarlos en algo más contemporáneo, más moderno, para destacar historias que quizás quedaron olvidadas con el paso del tiempo.

Vivimos en un lugar que parece detenido en el tiempo.

Hay mucha gente que vive aquí y no le da importancia.

Pero para quienes venimos de una cultura muy diferente, como la latinoamericana, muchas cosas nos llaman profundamente la atención.Hay personas que no saben realmente lo bello que es el lugar donde viven porque están acostumbradas a verlo todos los días.

El dálmata es muy relajado. No sabe lo que es vivir con el estrés permanente o en una gran ciudad. Son privilegiados, pero muchas veces no lo saben. Por eso a veces se preocupan por cosas pequeñas que tienen soluciones simples.»

Mientras escuchaba a Eduardo, no pude evitar reconocer algo de mi propia experiencia como argentina-croata.

Quienes vivimos entre dos orillas solemos desarrollar una mirada distinta.

No mejor ni peor.

Simplemente distinta.

Aprendemos a valorar aquello que otros consideran normal.

Una conversación en una plaza.

El sonido de las campanas de una iglesia antigua.

El ritmo lento de una isla.

Un café frente al mar.

La posibilidad de caminar sin apuro.

Tal vez por eso tantos escritores encuentran inspiración en Croacia.

No se trata únicamente de paisajes hermosos.

Se trata de una forma de vivir.

De una relación diferente con el tiempo.

Tanto Eduardo, desde su trabajo literario en Split, como quienes escribimos desde la experiencia de la diáspora, compartimos una tarea silenciosa: tender puentes culturales.

Escribir sobre Croacia no es solamente describir ciudades, islas o monumentos. Es transmitir una manera de mirar la vida. Es rescatar historias que podrían perderse. Es ayudar a que otras personas descubran el valor de la memoria, de las raíces y de las decisiones que tomamos sobre dónde vivir y cómo queremos habitar el mundo.

Quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que nos deja la experiencia migratoria: comprender que la felicidad no siempre está en tener más, sino en aprender a reconocer aquello que ya tenemos delante de los ojos.

Y tal vez allí resida también la misión de la literatura.

Recordarnos lo extraordinario que puede esconderse en lo cotidiano.

Ahora la pregunta queda para cada lector:

¿Existe algún lugar, una costumbre o una forma de vivir que hoy das por sentada y que tal vez alguien llegado desde lejos consideraría un verdadero tesoro?

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