Cuando decidí viajar a Croacia por primera vez, hice lo que hacemos casi todos.
Busqué información.
Leí sobre ciudades históricas.
Miré fotografías de playas.
Investigué sobre el idioma, la comida y los lugares que debía visitar.
Creía que estaba preparada.
No lo estaba.
Porque hay muchas cosas que nadie te cuenta antes de llegar. Cosas pequeñas, cotidianas, que no aparecen en las guías de viaje y que terminan convirtiéndose en parte de la experiencia más auténtica.
Después de pasar temporadas en Croacia estudiando el idioma y viviendo en Split, descubrí algunas de ellas.
1. El café no es una bebida. Es un acontecimiento.
En muchos lugares del mundo se toma café para seguir trabajando.
Aquí muchas veces se toma para detenerse.
Una taza puede durar una hora.
O dos.
La conversación importa más que la bebida.
Y nadie parece tener apuro por terminar.
Al principio me sorprendía.
Hoy empiezo a entenderlo.
Hoy, lo disfruto…
2. Aprender croata y entender croata son dos cosas diferentes.
Estudias una estructura gramatical.
La practicas.
La memorizas.
Llegas orgullosa a la calle.
Y entonces escuchas tres formas diferentes de decir exactamente lo mismo… Por ejemplo para decir gracias, que se escribe Hvala, lo pude escuchar como fala, vala, jvala, juala,,,,
Fue en ese momento cuando comprendí que aprender un idioma también significa aprender a convivir con la sorpresa.
3. El mar termina formando parte de tu rutina.
Al principio lo fotografías.
Después lo observas.
Y finalmente te acostumbras a que esté allí.
Pero hay días en que vuelves a mirarlo como si fuera la primera vez.
Y recuerdas por qué te había impresionado tanto.
Ceo que siempre me quedo a contemplarlo o sentirlo en la brisa.
4. La historia está en todas partes.
En Split no hace falta visitar un museo para encontrarse con la historia.
La historia aparece mientras compras pan.
Mientras tomas un café.
Mientras atraviesas una plaza.
La ciudad sigue viviendo dentro de un palacio romano construido hace más de 1700 años.
5. El tiempo tiene otro ritmo.
No sé cómo explicarlo exactamente.
Simplemente sucede.
Las conversaciones son más largas.
Los encuentros menos apurados.
Los atardeceres más observados.
Y uno termina preguntándose si el problema no era la falta de tiempo, sino la velocidad con la que vivía.
6. La burocracia existe en todos los idiomas.
Cuando uno aprende croata imagina desafíos lingüísticos.
Lo que no imagina es que los formularios, los sellos y algunos trámites también constituyen una experiencia cultural.
Es más, de lo uno imagina.
Digamos que la paciencia se vuelve una habilidad muy útil.
7. Los mercados cuentan historias.
Me gusta caminar por ellos.
Escuchar conversaciones.
Observar frutas de estación.
Ver cómo las personas se saludan.
Los mercados dicen mucho más sobre un lugar que algunas guías turísticas.
No me canso de visitarlos.
8. Nunca terminas de aprender.
Cada semestre descubro una palabra nueva.
Una costumbre nueva.
Una historia nueva.
Y eso es justamente lo que más me gusta.
Siempre hay algo más por comprender.
9. La vida cotidiana enseña más que muchos libros.
Los pequeños gestos.
Las costumbres.
Las conversaciones espontáneas en voz alta, como si no existieran otros.
La manera de compartir una mesa.
La forma de ocupar el espacio público.
Son detalles que terminan enseñando tanto como cualquier clase.
10. Viajar también cambia la forma en que miras tu propio hogar.
Quizás esta sea la lección más importante.
Porque después de vivir aquí, también miro de otra manera mi ciudad, mi país y mis propias costumbres.
A veces necesitamos alejarnos para descubrir el valor de aquello que ya teníamos cerca.
Y quizás ese sea el verdadero regalo de los viajes.
No solamente mostrarnos otros lugares.
Sino enseñarnos a mirar de nuevo.
Porque muchas veces la experiencia más importante no es llegar a otro país.
Es regresar siendo una persona un poco diferente.

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