Reflexiones sobre el miedo, los cambios y las decisiones que transforman una vida
Todavía recuerdo el día en que tomé la decisión de viajar.
No sabía exactamente qué encontraría del otro lado del océano. No sabía si entendería el idioma, si lograría adaptarme, si sería capaz de reconocer en aquellas tierras algo de la historia que había escuchado desde niña.
Lo único que sabía era que sentía miedo.
Un miedo silencioso. De esos que no paralizan, pero acompañan.
Y entonces comprendí algo que con los años volvería a repetirse muchas veces: los caminos importantes suelen comenzar con una pequeña dosis de miedo.
Lo sentí antes de subir a un avión.
Antes de volver a estudiar.
Antes de hablar en un idioma que todavía estaba aprendiendo.
Antes de presentar un trabajo frente a personas desconocidas.
Antes de animarme a escribir algunas páginas que hablaban de mí.
Con el tiempo descubrí que el miedo no siempre aparece para detenernos.
A veces aparece para preguntarnos cuánto deseamos aquello que estamos a punto de intentar.
Porque casi todo lo que transformó mi vida llegó acompañado de incertidumbre.
Y, curiosamente, también de esperanza.
Por eso hoy, cuando siento miedo ante algo nuevo, ya no lo interpreto de la misma manera.
A veces lo escucho.
A veces lo respeto.
Pero ya no le permito decidir por mí.
Porque he aprendido que detrás de algunos miedos se esconden los paisajes, las personas y las experiencias que todavía no conocemos.
Y que muchas veces la vida comienza exactamente allí donde termina la certeza.
¿Qué paisaje, qué persona o qué historia habría faltado en tu vida si un día no te hubieras animado a dar ese primer paso?

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