Suena el despertador.
Antes de levantarnos, quizá ya estamos pensando en todo lo que debemos hacer: trabajar, responder mensajes, preparar comidas, ordenar la casa, cumplir horarios, asistir a reuniones, pagar cuentas, resolver trámites y atender esos pequeños imprevistos que nunca figuran en la agenda.
El día apenas comienza y ya parece estar ocupado por completo.
Entonces corremos.
Corremos para llegar, para cumplir, para no olvidar. Pasamos de una tarea a otra con la sensación de que detenernos podría desordenarlo todo. A veces comemos mirando el teléfono, respondemos un mensaje mientras hacemos otra cosa y escuchamos a alguien sin dejar de pensar en lo que todavía falta.
Al final del día estamos cansados, pero no siempre sabemos explicar qué hicimos con tantas horas.
Y así pasa el lunes.
Después el viernes.
Luego termina el mes.
Un día descubrimos que también pasó el año.
No es que las obligaciones carezcan de importancia. El trabajo, la casa, los compromisos y el cuidado de quienes amamos forman parte de la vida. El problema comienza cuando ocupan todo el espacio y aquello que nos hace bien queda siempre para otro momento.
Cuando tenga tiempo, voy a leer ese libro.
Cuando termine este trabajo, llamaré a esa persona.
Cuando todo esté más tranquilo, volveré a caminar, a escribir, a pintar, a viajar o simplemente a sentarme sin hacer nada.
Pero ¿cuándo está todo realmente tranquilo?
Siempre aparece una nueva responsabilidad, una urgencia o algo que parece no poder esperar. Y casi sin advertirlo, convertimos nuestros deseos en una lista de asuntos pendientes.
Postergamos lo que nos gusta porque creemos que primero debemos terminar con todo lo demás. Sin embargo, “todo lo demás” nunca termina.
Quizá no necesitemos abandonar nuestras responsabilidades ni cambiar radicalmente de vida. Tal vez podamos comenzar con algo más pequeño: reservar unos minutos para aquello que siempre dejamos para después.
Tomar un café sin mirar el reloj.
Escuchar de verdad una canción.
Llamar a alguien sin esperar una fecha especial.
Caminar sin convertir el paseo en otro objetivo que cumplir.
Abrir el cuaderno.
Leer algunas páginas.
Mirar por la ventana y permitir que, durante un momento, no ocurra nada.
Nos enseñaron a valorar la productividad, pero pocas veces nos preguntaron cuánto de nosotros queda afuera de una vida dedicada únicamente a cumplir.
No todo descanso debe ganarse.
No toda pausa es una pérdida de tiempo.
No todo lo importante produce resultados visibles.
Hay momentos que no sirven para avanzar, pero sí para sentir que estamos presentes. Y quizá sean esos instantes —aparentemente pequeños e improductivos— los que después recordemos con mayor claridad.
¿Cuánto debemos correr?
¿Hasta cuándo podemos esperar para hacer aquello que amamos?
Tal vez la vida no pase solamente porque el tiempo avanza. Tal vez también pase cuando estamos demasiado ocupados para advertirla.
No siempre podremos detener el ritmo del mundo. Pero sí podemos preguntarnos, de vez en cuando, si la dirección en la que corremos todavía nos pertenece.
Porque vivir no debería ser únicamente llegar al final de cada día con todas las tareas cumplidas.
También debería ser encontrar, en medio de ellas, alguna razón para querer quedarnos un momento más.

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