Hay momentos en los que el tiempo parece adoptar el ritmo lento de mi padre.
Lo observo doblar cuidadosamente una servilleta, siempre de esa única manera que repitió durante años, y dejarla sobre la mesada. Después llega una invitación sencilla:
—¿Tomamos un mate? ¿Un café?
Mientras lo acompaño, empiezo a prestar atención a esos gestos cotidianos que antes quizá pasaban inadvertidos. Un frasco que guarda los condimentos que venían en pequeños paquetes. Un cajón donde se ordenan los tés saborizados y los cafés. Las botellas de vidrio o frascos que lava y conserva porque todavía pueden tener otro uso para las herramientas. Su cama tendida, la ropa acomodada, cada cosa encontrando nuevamente su lugar.
Mi padre no necesita grandes objetos para resolver la vida diaria. Observa lo que tiene, lo cuida y descubre una nueva utilidad allí donde otros quizá solo verían algo para desechar.
No hay prisa en sus movimientos ni necesidad de demostrar nada. Simplemente hace las cosas como siempre las hizo, con ese orden silencioso que fue construyendo a lo largo de los años.
Pero entonces me doy vuelta y la veo a mi madre.
Ella tiene otro ritmo. Siempre activa, aunque ese ritmo vaya cambiando con los años. Siempre intentando estar en todos lados y con todos. Pendiente de quién necesita algo, de quién todavía no llegó o de quién podría sentirse solo.
Mi madre da incluso cuando cree no tener demasiado para ofrecer. Recibe y atesora porque cada objeto parece guardar una historia, un afecto o la memoria de quien se lo entregó. Conserva quizá más de lo necesario, pero en esa forma de guardar también existe una manera de valorar… «las cosas importan porque hablan de las personas».
Sobre todo, sabe reconocer a los demás. Tiene esa capacidad de hacerles sentir que su presencia, su trabajo o su gesto poseen valor.
Uno parece enseñarme a detenerme. La otra, a no olvidar a nadie.
Y yo los miro.
Ya no observo solamente lo que hacen: comienzo a sentir lo que esos pequeños actos han ido dejando en mí. Comprendo que muchas de las enseñanzas más profundas no llegan mediante discursos. Se transmiten en la manera de cuidar una casa, reutilizar un frasco, acomodar la ropa, recibir a alguien o compartir lo que se tiene.
Los valores también habitan en esos gestos que repetimos cuando creemos que nadie está prestando atención.
Quizá el verdadero legado se construya así… sin anuncios, sin solemnidad y casi sin que nos demos cuenta.
Mientras los observo aparece una pregunta inevitable:
¿En qué cosas se fijarán mis hijos cuando piensen en mí?
Tal vez no recuerden los acontecimientos que yo considero importantes. Quizá conserven una palabra que repetía, mi forma de preparar el desayuno, el modo en que los recibía o algún gesto cotidiano al que nunca concedí demasiado valor.
No podemos decidir exactamente qué guardarán los demás de nosotros. Pero sí podemos preguntarnos si nuestra manera de vivir expresa aquello que decimos valorar.
Mis padres tienen ritmos diferentes. Él parece detener el tiempo; ella todavía intenta multiplicarlo para llegar a todos. Sin proponérselo, ambos me recuerdan que una vida puede contarse a través de las acciones más sencillas.
Porque algunas personas no necesitan explicarnos cómo debemos vivir.
Nos lo enseñan en la forma en que viven cada día.
¿En qué pequeño gesto cotidiano reconoces a las personas que amas?

Deja un comentario