Un 18 de agosto de 1450 nació en Split Marko Marulić, escritor, humanista y una de las figuras más importantes de la cultura croata.
Durante mis estancias en la ciudad pasé muchas veces junto a su estatua, dentro del entorno histórico del Palacio de Diocleciano. Allí permanece sosteniendo un libro mientras escribe, como si el transcurso de los siglos no hubiera conseguido interrumpir su tarea.
Esa imagen siempre me resultó cercana. Siempre hizo que me detuviera a verla y a pensar las letras de las piedras de Split.
Entre las antiguas calles del palacio, rodeado por las personas que atraviesan diariamente ese espacio, Marulić continúa inclinado sobre sus palabras. No aparece como una figura lejana, sino realizando ese gesto sencillo y profundo que compartimos quienes escribimos: observar la vida, escuchar lo que nos sucede y tratar de transformarlo en palabras.
Marko Marulić nació y murió en Split. Pertenecía a una familia noble conocida en croata como Pečenić o Pecenić y utilizó diferentes formas latinas de su nombre, como Marcus Marulus Spalatensis. Sin embargo, fue con el apellido Marulić, utilizado en su obra Judita, como ingresó para siempre en la historia de la literatura.
Escrita en 1501 y publicada en Venecia en 1521, Judita fue la primera gran obra literaria de autor impresa en lengua croata. Al escribirla en versos croatas, Marulić eligió acercar la literatura a la lengua de su pueblo y abrió un camino para quienes vendrían después.
Aunque gran parte de su producción estuvo atravesada por una profunda espiritualidad y una intención moral, sus intereses fueron muy amplios, atravesando la literatura, la historia, la política, el derecho, la arqueología y la pintura que formaron parte de su universo humanista.
Entre los versos de Judita dejó esta reflexión:
Da, kakono rika barzo mimohodi,
tako svaka dika s vrimenom odhodi.
En croata actual:
Kao što rijeka brzo prolazi, tako svaka slava s vremenom odlazi.
En español:
Así como el río pasa veloz, toda gloria se marcha con el tiempo.
Sus palabras nos recuerdan que el reconocimiento, el poder y la vanidad son pasajeros. Sin embargo, al contemplar su estatua pienso en una bella paradoja… pienso que la gloria puede desvanecerse, pero algunas palabras permanecen porque siguen encontrando lectores dispuestos a recibirlas.
Mi propio paso por Split también está unido a la escritura. Allí estudié el idioma de mis antepasados, escribí, escuché historias y comprendí que aprender croata no era solamente acercarme a una lengua. Era recuperar una conversación que la emigración había dejado suspendida durante generaciones.
Quizá por eso me conmueve la imagen de Marulić con un libro entre las manos. Al mirarlo, siento que la escritura puede establecer puentes entre épocas, lenguas, territorios y personas que nunca llegarán a conocerse.
Él escribió desde Split para los lectores de su tiempo, sin saber que más de cinco siglos después otra escritora, llegada desde Ushuaia y vinculada a Croacia por sus raíces, pasaría junto a su figura y encontraría en aquel libro abierto una manera de reconocerse.
Hoy, al recordar su nacimiento, no pienso solamente en el padre de la literatura croata. Pienso también en el hombre que se sentó a escribir, palabra por palabra, sin conocer todavía el destino que tendría su obra.
Cada vez que vuelvo a encontrarlo, con el libro entre sus manos y la escritura aparentemente inconclusa, siento que nos recuerda algo esencial. Que las ciudades conservan su historia en las piedras, pero también en las palabras.
Porque mientras exista alguien dispuesto a abrir un libro, ninguna escritura habrá terminado del todo...
¿Hay algún escritor cuya obra te haya acercado a tus raíces o a una parte de tu propia historia?

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