Lo que me dejó el encuentro con la diáspora croata en Vukovar

Hay quienes creen que un viaje se mide por los kilómetros recorridos, los lugares visitados o las fotografías que conseguimos guardar.

Yo comienzo a pensar que también se mide por las personas que aparecen en el camino y por aquello que, después de conocerlas, ya no volvemos a mirar de la misma manera.

Participar en el 7.º Congreso Mundial de la Diáspora Croata, realizado en Vukovar, fue mucho más que asistir a una actividad académica y cultural. Fue encontrarme con personas procedentes de distintos lugares, escuchar historias de migración, compartir preguntas sobre la identidad y descubrir cuántas formas existen de vincularse con Croacia.

Algunas personas habían nacido allí y emigrado. Otras eran hijas, nietas o bisnietas de quienes un día dejaron el país. Algunas regresaron para establecerse; otras, como yo, construyen su vida entre dos territorios.

Cada historia era diferente, pero en muchas aparecían las mismas palabras: raíces, memoria, idioma, distancia, regreso y pertenencia.

Cuando los desconocidos dejan de serlo

Hay algo profundamente humano en sentarse junto a personas que, hasta unas horas antes, eran desconocidas, y descubrir que compartimos inquietudes semejantes.

No siempre hablamos el mismo idioma con igual facilidad. A veces necesitamos buscar una palabra, repetir una frase o ayudarnos con un gesto. Sin embargo, cuando existe un verdadero deseo de encontrarse, la comunicación encuentra otros caminos.

Una sonrisa puede dar confianza.
Una historia puede despertar un recuerdo.
Una pregunta puede iniciar un proyecto.

En Vukovar confirmé que la diáspora croata no es una realidad uniforme. Está formada por experiencias, generaciones y maneras muy diversas de sentir la identidad. Cada persona lleva una Croacia distinta: la que conoció, la que heredó de su familia, la que imaginó durante años o la que descubrió al llegar.

Escuchar esas voces también me permitió comprender mejor la mía.

Viajar entre dos orillas

Llegué a Croacia desde Ushuaia siguiendo una historia familiar que había comenzado mucho antes de mi nacimiento. Cuatro generaciones después de la emigración de mis antepasados, regresé a su tierra, estudié su idioma y comencé a construir una relación propia con ese país.

Desde entonces, cada viaje tiene algo de descubrimiento y algo de regreso.

Vivir entre Argentina y Croacia me enseñó que pertenecer no siempre significa elegir un único lugar. A veces significa aprender a habitar una distancia, reconocer más de una memoria y construir puentes entre territorios que parecen lejanos.

Por eso, encontrarme en Vukovar con otras personas de la diáspora latinoamericana fue también una forma de sentirme acompañada. Nuestras historias no eran iguales, pero compartían preguntas:

¿Qué conservamos de quienes emigraron?
¿Qué significa regresar a una tierra donde no nacimos?
¿Cómo se construye un hogar entre dos países?
¿Qué lugar ocupa la diáspora en la Croacia actual?

Quizá los encuentros sean valiosos precisamente porque no ofrecen respuestas definitivas. Nos permiten descubrir que nuestras preguntas también pertenecen a otros.

Aquello que regresa con nosotros

Cuando termina un viaje, doblamos la ropa, revisamos documentos y tratamos de hacer lugar para algún recuerdo material. Cerramos la valija y pensamos que allí llevamos todo.

Pero lo más importante queda fuera.

No caben las conversaciones que continuarán resonando.
No caben las historias que modificaron nuestra mirada.
No caben los vínculos que acaban de comenzar.
No caben las ideas que todavía no sabemos en qué se convertirán.

De Vukovar regresé con fotografías, apuntes y nombres, pero también con una comprensión más amplia de la diáspora y con el deseo de seguir fortaleciendo los vínculos entre Croacia y América Latina.

Los lugares tienen memoria y las ciudades cuentan historias. Sin embargo, son las personas quienes les dan voz y quienes hacen que un territorio desconocido pueda comenzar a sentirse cercano.

Cada encuentro nos transforma, aunque al principio no sepamos reconocer de qué manera. Tal vez esa sea la verdadera riqueza de viajar: comprender que el mundo es inmenso, pero que siempre puede aparecer una conversación, una mirada o un gesto capaz de acercarnos a casa.

Porque conocer un lugar no consiste solamente en recorrer sus calles. También consiste en permitir que ese lugar recorra nuestra memoria, nuestras preguntas y nuestro corazón.

Con los años, cada viaje me confirma la misma certeza:

lo mejor que traemos de regreso nunca cabe en una valija.

¿De qué viaje regresaste llevando algo que no podía guardarse en el equipaje?

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