Vivir algunas temporadas en otro país, tiene muchas enseñanzas.
Algunas son evidentes.
Otras aparecen en los momentos más cotidianos.
Durante mis estancias en Croacia aprendí gramática, vocabulario y nuevas formas de nombrar el mundo. Pero también descubrí algo que no esperaba: la sensación de no comprender completamente lo que sucede a mi alrededor.
Una conversación que transcurre demasiado rápido.
Un cartel que no logro interpretar.
Un trámite que exige demasiadas palabras que todavía no conozco.
De pronto, algo tan simple como preguntar o entender una indicación requiere un esfuerzo adicional.
Y entonces comencé a pensar en la comunicación desde otro lugar.
¿Por qué cuántas veces confundimos la falta de comprensión con la falta de capacidad?
Si para mí, que puedo escuchar, leer y hablar, el idioma puede convertirse temporalmente en una barrera, ¿qué ocurre con quienes enfrentan dificultades de comunicación todos los días?
¿Qué sucede con una persona sorda frente a una información que no está adaptada?
¿Qué ocurre con alguien que utiliza un comunicador para expresarse?
¿Qué pasa cuando una persona no comprende el lenguaje técnico de un documento o una explicación?
¿O cuando una persona mayor queda excluida de un trámite porque todo ocurre a través de una pantalla que no sabe utilizar?
Muchas veces hablamos de accesibilidad pensando en rampas, ascensores o transporte adaptado.
Sin embargo, la accesibilidad también ocurre cuando una información puede comprenderse.
Cuando alguien tiene la posibilidad de expresarse.
Cuando existe tiempo para escuchar.
Cuando encontramos distintas maneras de comunicarnos.
La comunicación es mucho más que palabras.
Es participación.
Es autonomía.
Es ciudadanía.
Es pertenencia.
Quizás una de las lecciones más valiosas que me dejó vivir entre idiomas fue comprender que comunicarse no debería ser un privilegio de quienes encuentran fácilmente las palabras adecuadas.
La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de preguntarnos cómo deben adaptarse las personas para entendernos y empezamos a preguntarnos cómo podemos comunicarnos mejor con todos.
Porque detrás de escena, muchas barreras no están en las calles.
Están en las conversaciones que algunas personas nunca logran compartir.
Y una sociedad accesible no es aquella donde todos hablan igual.
Es aquella donde todos tienen la posibilidad de ser escuchados.
Porque tal vez la inclusión no comience cuando encontramos las palabras correctas, sino cuando estamos dispuestos a escuchar aquello que el otro intenta decirnos, incluso cuando no logra expresarlo del todo.
¿Cuántas barreras desaparecerían si dedicáramos el mismo esfuerzo a comprender a las personas que el que dedicamos a hablarles?

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