Hay viajes que comienzan mucho antes de comprar un pasaje.
Comienzan con un apellido, una fotografía antigua, una receta familiar o una historia repetida alrededor de una mesa. A veces nacen de una pregunta sencilla: ¿de qué lugar de Croacia venimos?
Para muchos descendientes de croatas, conocer la tierra de sus antepasados no es solamente hacer turismo. Es acercarse a una historia familiar interrumpida por la emigración y descubrir qué permanece de ella varias generaciones después.
Mi historia comenzó en Ushuaia, entre relatos familiares, nombres y preguntas. Mis antepasados partieron de Zlarin para construir una nueva vida en el extremo sur de Argentina. Cuatro generaciones después, realicé el camino en sentido inverso.
Cuando llegué a Croacia, no encontré simplemente un país. Encontré paisajes que despertaban una extraña cercanía y una lengua que me resultaba desconocida y familiar al mismo tiempo.
Llegar a Zlarin fue todavía más profundo. Caminé por las mismas calles que alguna vez recorrieron mis antepasados y miré el mar desde la isla que ellos habían dejado. Pensé en lo que habrían sentido al partir sin saber si regresarían algún día.
Yo estaba allí gracias a aquel viaje.
También descubrí que pertenecer por herencia no significa conocer todos los códigos. Durante mis primeros tiempos en Croacia comprendía más de lo que podía decir. Quería explicar quién era y por qué había llegado desde tan lejos, pero las palabras no siempre aparecían.
Entonces entendí que aprender croata no era únicamente estudiar otro idioma. Era intentar recuperar una conversación que la emigración había dejado interrumpida varias generaciones atrás.
Cuando regresé a Ushuaia, sentí que no quería soltar a Croacia. Mi valija no llevaba solamente fotografías: estaba llena de historias, preguntas y proyectos que necesitaba compartir. También supe que volvería.
Desde entonces vivo una parte del año en Argentina y otra en Croacia. En Ushuaia extraño el Adriático; en Croacia, algunas cosas me llevan de regreso al sur. Pero el mar está en ambas orillas y, sin importar frente a cuál me encuentre, me hace sentir cerca de casa.
Las raíces no permanecen quietas bajo la tierra. También viajan, atraviesan océanos y generaciones, se mezclan con otros paisajes y adquieren nuevos significados.
A veces creemos que somos nosotros quienes buscamos nuestras raíces. Quizá también sean ellas las que continúan llamándonos.
Yo no regresé para elegir entre Ushuaia y Croacia.
Regresé para comprender que mi historia necesitaba las dos orillas.
¿Conoces el pueblo, la ciudad o la isla de Croacia de donde proviene tu familia?

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