Una reflexión desde el Palacio de Diocleciano en Split

Cada mediodía, en el Peristilo de Split, el emperador Diocleciano vuelve a aparecer.

Los turistas levantan sus teléfonos. Los soldados romanos ocupan sus posiciones. Las antiguas columnas observan la escena como lo han hecho durante siglos.

Y mientras todos miran al emperador, a mí me surge otra pregunta.

No quién fue.

No qué hizo.

No cómo gobernó.

La pregunta es otra.

¿Qué quedará de nosotros dentro de 1.700 años?

Porque Diocleciano construyó un palacio para pasar sus últimos años frente al mar Adriático. Probablemente nunca imaginó que, diecisiete siglos después, personas de todos los continentes seguirían pronunciando su nombre.

Sin embargo, aquí estamos.

Caminando por las piedras que él mandó colocar.

Fotografiando los muros que ordenó construir.

Escuchando historias que sobrevivieron mucho más que cualquier vida humana.

Y entonces uno comprende algo curioso.

La inmensa mayoría de las personas que vivieron en aquella época han desaparecido de la memoria colectiva.

Sus nombres se perdieron.

Sus preocupaciones se extinguieron.

Sus discusiones dejaron de importar.

Pero algo permaneció.

Vivimos en una época que nos invita constantemente a ser visibles.

A mostrar.

A publicar.

A acumular logros.

A dejar registro de cada momento.

Pero cuando observo estas piedras antiguas, pienso que tal vez las cosas que sobreviven no son las que imaginamos.

Quizás dentro de cientos de años nadie recuerde nuestros cargos, nuestros horarios o las preocupaciones que hoy parecen urgentes.

Tal vez permanezcan otras cosas.

La manera en que tratamos a las personas.

Las historias que contamos.

Los valores que transmitimos.

La cultura que ayudamos a preservar.

La mano que tendimos cuando alguien la necesitó.

El amor que dejamos en quienes continúan después de nosotros.

Como descendiente de inmigrantes croatas, muchas veces pienso en ello.

Mis antepasados no construyeron palacios imperiales.

No aparecen en los libros de historia.

Y sin embargo, estoy aquí gracias a ellos.

Porque dejaron algo más poderoso que una estatua o un monumento.

Dejaron una herencia invisible.

Costumbres.

Relatos.

Valores.

Raíces.

A veces creemos que la historia está hecha únicamente por emperadores.

Pero la verdadera historia también está hecha por familias anónimas que transmiten una lengua, una canción, una receta, una forma de mirar el mundo.

Quizás por eso me gusta observar cada día esta representación en el corazón de Split.

Porque detrás del emperador y de los soldados romanos aparece una pregunta mucho más humana.

Cuando ya no estemos aquí, ¿qué permanecerá?

No podemos elegir cuánto durará nuestra memoria.

Pero sí podemos elegir qué sembramos en el tiempo que nos toca vivir.

Y tal vez eso sea suficiente.

Ono što ostavljamo u srcima drugih traje duže od kamena.

Lo que dejamos en el corazón de los demás dura más que la piedra.

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