Hay imágenes que parecen simples.
Una rampa de hormigón.
Un pasamanos.
Un sendero que avanza entre las rocas.
Y al final, el mar.
Sin embargo, detrás de esa obra aparentemente sencilla existe algo mucho más profundo.
Existe una decisión.
La decisión de que el mar también pertenezca a todos.
Durante mi paso por Omiš observé esta rampa que desciende hacia la costa. Mientras contemplaba las montañas que abrazan la ciudad y el azul intenso del Adriático, pensé que muchas personas probablemente la recorren sin detenerse a reflexionar sobre su significado.
Pero para otras personas puede representar una diferencia enorme.
Puede ser la posibilidad de acercarse al agua sin depender completamente de alguien más.
Puede ser la posibilidad de disfrutar del paisaje.
De sentir la brisa marina.
De compartir una tarde con familiares o amigos.
De participar de una experiencia que muchas veces damos por sentada.
Con frecuencia hablamos de accesibilidad en relación con escuelas, edificios públicos, hospitales o medios de transporte. Sin embargo, la inclusión también debe llegar a los espacios de recreación, a los lugares de encuentro y a aquellos sitios donde simplemente disfrutamos de estar vivos.
Porque el derecho a participar de la vida social incluye también el derecho al ocio, al descanso, al turismo y al disfrute de la naturaleza.
El mar no debería ser un privilegio reservado para algunos.
Las playas, los paseos costeros, los parques y los espacios públicos forman parte de la vida comunitaria. Cuando una ciudad los adapta para que puedan ser utilizados por personas con distintas condiciones de movilidad, no está ofreciendo un beneficio especial.
Está garantizando un derecho.
Y quizás allí resida una de las enseñanzas más importantes de la accesibilidad.
No se trata solamente de permitir que una persona llegue a un lugar.
Se trata de permitirle vivir plenamente la experiencia que ese lugar ofrece.
Detrás de cada rampa hay mucho más que cemento y barandas.
Hay una idea de sociedad.
Una sociedad que comprende que la belleza del paisaje, el sonido de las olas y la inmensidad del mar también deben estar al alcance de todos.
Porque la inclusión verdadera comienza cuando dejamos de preguntarnos quién puede acceder y empezamos a construir espacios donde nadie quede afuera.
«La accesibilidad no termina en la ciudad; también debe conducirnos hacia los lugares donde compartimos la belleza, el descanso y la vida.»

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