A veces una fotografía no se mira: se reconoce. Como si algo en nosotros supiera, antes de entender, que ahí hay una historia que también nos pertenece.
Esta imagen de una familia reunida, detenida en un instante que alguien decidió conservar, parece simple. Rostros serios, otros apenas suavizados por una leve sonrisa, niños que no terminan de quedarse quietos, adultos que sostienen la escena con una quietud que no es casual. Todo parece en su lugar, como si cada uno supiera, sin decirlo, que ese momento iba a quedar.
Pero lo que más me conmueve no es lo que se ve, sino lo que permanece.
Porque cuando miro esta fotografía no pienso solo en una familia del pasado. Pienso en la migración, en la herencia, en los caminos que comenzaron mucho antes de que yo estuviera aquí, en la tierra de mis antepasados, intentando comprender algo que siempre estuvo en mí.
No sabemos qué día era, ni qué se había dicho antes de que alguien levantara la cámara. No sabemos qué ocurrió después. Pero sabemos algo esencial, estas personas vivieron, tomaron decisiones, amaron, trabajaron, y en algún momento, alguien de ellos, o varios, cruzaron el océano.
Y ese gesto, ese movimiento, esa decisión, sigue teniendo consecuencias.
Porque la migración no termina cuando el barco llega a destino. La migración continúa en las generaciones, en los relatos fragmentados, en los silencios, en las preguntas que aparecen mucho tiempo después.
Tal vez por eso estoy acá. En esta tierra que no es ajena, aunque nunca haya sido completamente mía. Caminando por Croacia, escuchando el idioma que alguna vez fue cotidiano para ellos, mirando el mar desde el lado donde todo comenzó.
Y en ese cruce, entre Croacia y América, entre pasado y presente, la fotografía deja de ser un documento.
Se vuelve un puente que hermana.
Un puente entre dos orillas, entre quienes partieron y quienes, como yo, regresamos de otra manera. No para repetir la historia, sino para comprenderla, para tocarla, para darle un nuevo sentido.
A veces pienso que heredamos más de lo que sabemos. No solo apellidos o fechas. También gestos, intuiciones, formas de resistir, de seguir, de empezar de nuevo. Heredamos incluso aquello que nunca fue contado del todo.
Por eso estas imágenes no nos dejan indiferentes. Porque no son solo del pasado.
Nos habitan.
Y en ese habitar silencioso, algo se ordena. Como si al mirar hacia atrás encontráramos, de algún modo, una forma de entender quiénes somos hoy.
Entre dos orillas, la historia no se corta. Se transforma. Se desplaza. Se reescribe.
Y a veces, muchos años después, vuelve a encontrarnos.
Korijeni šute, ali nas uvijek vode.
(Las raíces callan, pero siempre nos guían.)

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