Hay imágenes que parecen simples, pero se quedan grabadas..
En la costa dálmata, en lugares como Šibenik, Zadar o Pula, cada Año Nuevo la gente se reúne frente al Adriático… y se mete al agua.
Algunos van disfrazados de Papá Noel. Otros entran en silencio, solo con su cuerpo y su coraje.

A primera vista, uno piensa: están locos.
Pero no. Están celebrando la vida.

El mar como abrazo y como promesa

El baño de Año Nuevo no es un espectáculo.
Es un gesto que dice:

“Suelto lo que dolió.
Agradezco lo vivido.
Me abro a lo que viene.”

El agua fría toca la piel como si despertara algo antiguo.
Es el cuerpo recordando que siempre se puede empezar otra vez.

Los dálmatas conocen bien el mar: lo respetan, lo aman, lo habitan.
Y en ese instante, el mar se vuelve ritual:
lava, renueva, acompaña.

En la costa croata, todo se transforma en fiesta.
Se escucha música, alguien ríe fuerte, otro se anima por primera vez.
Desde la orilla, familias enteras miran y aplauden.
Después llega el té caliente, el vino especiado, las conversaciones que abrigan.

No es solo deporte.
No es religión.
Es pertenencia.

Es mirarse y decirse, sin palabras:
Estamos juntos. No estamos solos para enfrentar el año que empieza.

¿Y los Papá Noel?

Los trajes rojos flotando en el agua me arrancan una sonrisa.
Papá Noel trae regalos…
y quizá, en estas orillas, el regalo sea el valor de vivir con alegría, aun cuando el agua está fría.

Hay humor, hay juego, hay infancia que vuelve.

Cuando veo a estas personas entrar al Adriático, pienso en los viajes,
en los que partieron y los que regresan,
en quienes se atrevieron a cruzar mares visibles e invisibles.

La vida, como el mar, a veces enfría y duele.
Pero aun así, seguimos entrando.

Tal vez cada uno de nosotros tenga su propio baño de Año Nuevo:
una decisión, un perdón, una palabra nueva.

Y entonces comprendo:
comenzar el año —como migrar, como volver a las raíces—
es un acto profundo de confianza.

Deja un comentario