Hay palabras que llegan y se quedan.
No hacen ruido.
No interrumpen.
No buscan imponerse.
Simplemente aparecen…
y algo en nosotros las reconoce.
Susurro es una de ellas.
Porque hay cosas en la vida, y especialmente en la migración, que no se dicen en voz alta. No se explican. No se nombran del todo.
Se sienten.
Como una presencia leve, casi imperceptible, que acompaña incluso cuando creemos estar empezando de nuevo.
La migración suele contarse en grandes movimientos: partir, llegar, adaptarse. Pero hay otra dimensión, más silenciosa, que no siempre aparece en los relatos.
Es la que habita en los detalles.
En una palabra que se escapa en otro idioma.
En una comida que trae recuerdos sin aviso.
En una forma de mirar el mar, distinta, pero familiar.
Ahí, en esos instantes, algo susurra.
No es una voz clara.
No tiene forma precisa.
Pero está.
Tal vez viene de quienes estuvieron antes.
Tal vez de los lugares que habitamos.
Tal vez de algo más profundo que no necesita explicación.
Porque hay memorias que no se transmiten con palabras, sino con presencia.
Y esas memorias no desaparecen.
Se transforman.
Se mezclan con lo nuevo.
Se adaptan.
Se esconden a veces… pero no se van.
Por eso, incluso cuando cambiamos de lugar, cuando aprendemos otros ritmos, otros idiomas, otras formas de vivir, hay algo que permanece.
Algo que nos acompaña en silencio.
Algo que, de tanto en tanto, se hace sentir.
Como un susurro.
Y entonces entendemos que no estamos empezando desde cero.
Estamos continuando una historia.
Una historia que no siempre conocemos completa, pero que, de algún modo, nos habita.
Y tal vez ese sea el verdadero sentido de migrar:
no dejar atrás lo que fuimos,
sino aprender a escuchar lo que sigue hablando en nosotros.
Aunque sea en voz baja.
Tiho, ali uvijek prisutno.
(En silencio, pero siempre presente)

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