18 de diciembre – Día Internacional del Migrante
Cada 18 de diciembre el mundo se detiene un instante para mirar un movimiento tan antiguo como la humanidad misma: la migración.
Migrar no es una excepción en la historia humana; es, más bien, su pulso constante. Sin embargo, recién en el año 2000 la Organización de las Naciones Unidas declaró oficialmente esta fecha como el Día Internacional del Migrante, para reconocer derechos, visibilizar realidades y recordar que detrás de cada desplazamiento hay una vida, una historia, una decisión profunda.
Migrar no es solo cruzar fronteras geográficas.
Es atravesar umbrales emocionales, culturales, lingüísticos. Es despedirse de lo conocido y aprender a nombrar el mundo de otra manera.
Migrar: una experiencia que se hereda y se transforma
Como argentina criolla, nacida en un país construido por oleadas migratorias, sé que la migración forma parte de nuestra identidad colectiva. En Argentina convivimos con apellidos que llegaron en barcos, con recetas que cruzaron océanos, con palabras que se mezclaron hasta volverse propias.
En mi historia personal, esa memoria migrante me llevó también a Croacia, la tierra de mis ancestros. Caminar sus calles, escuchar su idioma, estudiar, habitar por un tiempo ese territorio fue mucho más que un viaje: fue un reencuentro. Un diálogo silencioso entre pasado y presente. Y sé que volveré, porque hay viajes que no se cierran, solo se suspenden.
Migrar, en ese sentido, no siempre es irse para siempre. A veces es volver de otro modo.
Migrar hoy: cuando los hijos cruzan el mar
La migración ya no es solo una historia del pasado familiar.
También es presente.
Hay afectos , como los hijos que deciden vivir en otro país. Migran por estudio y por profesión, pero también por ese impulso vital que empuja a muchos jóvenes a buscar horizontes más amplios, experiencias formativas y proyectos posibles. Allí van construyendo su vida cotidiana, una pareja, planes de futuro.
Como padres, aprendemos que acompañar una migración es aprender a soltar sin abandonar, a estar sin invadir, a amar sin fronteras. El lugar que eligen, es su lugar de crecimiento. Argentina, o el lugar que dejan, sigue siendo su origen. Entre ambos espacios se teje un puente invisible hecho de las llamadas, afectos intactos y un idioma compartido que no se pierde.
Esta migración no nace del desarraigo forzado, sino de la elección consciente de proyectar. Y también eso forma parte del mundo migrante contemporáneo.
Quienes se quedan: la otra cara de la migración
Pero migrar no es solo partir.
Migrar también es quedarse.
Hay otros afectos o hijos que se quedan. Se quedan en la tierra que sigue siendo hogar, sostén y punto de regreso. Y desde ese lugar, también transitan su propio movimiento interior: el de convivir con ausencias, con distancias, con afectos repartidos en distintas geografías.
Quienes se quedan sostienen lo cotidiano.
Cuidan la memoria, mantienen viva la mesa familiar, el idioma, los rituales. Son puerto y ancla. Acompañan sin exigir. Esperan sin condiciones.
Ellos también migran, aunque no crucen fronteras. Migran en silencio, adaptándose a un mundo donde el amor ya no se mide en kilómetros.
Migrar es un movimiento colectivo
Por eso, el Día Internacional del Migrante no es solo para quienes parten.
Es también para quienes esperan. Para quienes reciben. Para quienes acompañan. Para quienes construyen puentes entre culturas, generaciones y territorios.
Migrar no es perder raíces.
Es permitir que se expandan.
Entre cualquier lugar del mundo en donde estemos, confirmo una certeza profunda:
la migración no rompe los lazos esenciales.
Los transforma, los ensancha, los vuelve más conscientes.
Porque alguien se va,
alguien se queda,
y entre ambos late un hilo invisible que nunca se corta.

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