El Día de las Colectividades no es solo una fecha en el calendario. Es un puente, una celebración de los hilos invisibles que nos conectan a una tierra que quizás nunca conocimos, pero que vive en el corazón.
Aquí, en la isla del Fin del Mundo, con el viento patagónico y la nieve en las montañas, un pedazo de Croacia encuentra su hogar.
La imagen lo dice todo: la bandera celeste y blanca de Argentina se funde con el escudo rojo y blanco de una patria lejana. Es el retrato de una diáspora, de un pueblo que navegó a través del océano, llevando consigo no solo sus maletas, sino un alma llena de recuerdos y de una cultura milenaria.
La historia de Croacia está tejida con mil islas que se asoman al mar Adriático, cada una con su propia historia, su propio dialecto.
La diáspora croata es una de las más grandes del mundo, con una patria que vive lejos pero que se mantiene viva en cada rincón del planeta.
Es la nostalgia de los atardeceres sobre el mar, la música de la klapa, los sabores de la peka que se heredan de generación en generación.Pero el corazón es un mapa que no obedece a la geografía. Los que llegaron a Tierra del Fuego encontraron una nueva isla, una patria adoptiva de fiordos y montañas, tan diferente a la costa dálmata y, sin embargo, tan familiar en el espíritu de una comunidad fuerte.
Aquí, lejos de las mil islas croatas, construyeron un nuevo hogar sin perder el anterior. El idioma, las tradiciones, las costumbres no son solo recuerdos; son actos de amor, de memoria que muchos atesoramos en el baul de los recuerdos.
Cada celebración del Día de las Colectividades es un testimonio de que la identidad no se borra, se transforma. Se nutre del lugar de origen y florece en la tierra que la acoge.
La diáspora croata en Argentina es el vivo ejemplo de que el hogar no es un punto fijo en un mapa. Es una melodía que se canta en un idioma lejano, un sabor que se comparte entre generaciones, y un sentimiento que se lleva en el corazón, sin importar si estás rodeado de un mar de islas o de las montañas nevadas del fin del mundo. Es la prueba de que, para el alma, no hay distancia ni fronteras.
Aqui, en un rincon del planeta, nos pusimos los colores de Croacia, porque llevamos en el alma, un poquito de aquella patria…






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